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BODEGAS MARQUÉS DE MURRIETA
Vinos de leyenda


HACE MÁS DE 150 AÑOS...
Al otro lado del Océano Atlántico, a muchas millas de su tierra paterna, en la ciudad de Arequipa, en Perú, y bajo el imperio colonialista español, nacía el día 1 de septiembre de 1822 un niño, y con él, un destino muy especial escrito sólo para él en las estrellas.

El niño se llamaba Luciano Francisco Ramón y su destino no era otro que el ser un gran hombre, un mejor hijo, fiel e inseparable compañero de un soberano, y abnegado bienhechor de una tierra, la riojana.

Su padre fue D. Francisco Luciano de Murrieta Ortiz, un intrépido emigrante vizcaíno casado con una joven y bella criolla boliviana, dispuesto a abrirse camino en las Américas. Y todo hasta 1824, cuando la batalla de Ayacucho ponía fin al imperio colonialista de las Islas Occidentales marcando para ellos el inicio de una nueva vida en Inglaterra dedicados de lleno a los complicados entresijos de la banca londinense. A partir de aquí y para nuestro niño, una infancia y adolescencia repartidas entre dos continentes y una férrea disciplina militar, que posiblemente impondría su tío colonialista, el General Rivero.

Había empezado la vertiginosa carrera militar de Luciano, quien muy pronto se enrolaría en el Ejército Español, para ser nombrado en 1840, con sólo dieciocho años, Comandante y Ayudante del General Espartero, futuro Regente del Reino un año después y destacado ensayista no sólo de nuestro relato sino de la historia de nuestro país.

Y es que fiel a su General, nuestro joven protagonista debió abandonar nuestro país en 1843, para acompañarle en lo que iba a ser su exilio londinense – un exilio propio de un rey, rodeado de todo tipo de comodidades y atenciones. Y entre ellas, el culto al buen vino, y con ello la rabia contenida de ver cómo solo paseaban orgullosos los jereces, oportos y otros vinos de tierras francesas.

LUCIANO DE MURRIETA SE INTERESA POR EL VINO
Y entonces, en 1844, la coronación de la Reina Isabel II, el fin a un destierro, y la vuelta a España y a La Rioja del matrimonio Espartero y de quien iba a ser el gran protector de esta tierra.

"Y al regresar a Logroño y observar que en muchos casos se empleaba el vino para hacer mortero, por ser de menos coste que el agua, no pudimos menos que (el General y yo) dolernos que anduviese por los suelos una riqueza cuyo defecto no era otro que su pésima elaboración. Esto despertó mis deseos ante la halagüeña perspectiva de hacer algo en beneficio del pueblo que me adoptaba como mi país natal y me decidí a adquirir los conocimientos necesarios, aunque sólo fueran elementales, para la elaboración del vino, pasando al efecto a Burdeos, en donde pude proveerme de los mejores autores sobre tan importante materia".(Memorias de D. Luciano de Murrieta. Publicación logroñesa "El Zurrón del Pobre")

Era 1848 y dicha aspiración se hacía realidad. Luciano pasaba una larga estancia en Burdeos aprendiendo aquella técnica francesa de elaboración capaz de obtener "vinos de baja graduación que podían viajar sin estropearse" y que comenzaba a ser la gloria del país vecino.

YA EN LA FINCA YGAY
Y de vuelta en Rioja y en la bodega propiedad de Doña Jacinta, mujer de Espartero, las primeras experiencias de nuestro intrépido pionero y, en contra de lo que habían sido las opiniones de todos, el tan esperado resultado: un vino excelente capaz de conservarse sin la menor alteración durante largos periodos de tiempo.

COMIENZA LA EXPORTACIÓN DE RIOJA
Pero no era suficiente. Su vino debía además superar el reto de viajar a las Américas, tierra que le vio nacer.

Y entonces, cien barriles de setenta y dos litros cada uno, que fueron llenados con este vino y embarcados para el nuevo continente - cincuenta de ellos destinados rumbo a La Habana y los otros cincuenta para Méjico, "pero con tal desgracia estos últimos, que al entrar en el puerto de Veracruz el buque que los conducía, fue arrojado contra la costa por un furioso temporal, quedando en breves instantes destrozado y perdiendo todo su cargamento. Los destinados a La Habana no sólo llegaron con felicidad, sino que al percibirse aquellos habitantes de la exquisita calidad del vino que contenían, se los arrebataron en pocas horas al consignatario, circulando pronto la noticia ensalzando las cualidades del néctar logroñés importado por primera vez a aquellas tierras....".(Memorias de D. Luciano de Murrieta. Publicación logroñesa "El Zurrón del Pobre")

Todo esto ocurría en 1852 - empezaba la historia del primer vino riojano de la época moderna.

Y a partir de aquí, la dedicación plena a su sueño, numerosos premios en las distintas Exposiciones Universales Europeas, la compra de la Finca Ygay a pocos kilómetros de la capital riojana, la construcción en ella de su emblemático Chateau, y la realidad de una gran bodega con quien compartiría el título concedido por la Reina Isabel II a solicitud de su querido General, el Marquesado de Murrieta.

Nombrado en 1907 Hijo Adoptivo y Predilecto de la ciudad de Logroño, "uno de los hombres que además de haber dedicado su vida plenamente a los pobres, más ha contribuido a la prosperidad de esta región, introduciendo en nuestros procedimientos agrícolas los adelantos de la enología extranjera, europeizando la vinificación en La Rioja, que hasta que el Marqués de Murrieta se metió a bodeguero se hacían exactamente igual que en los tiempos de Noé" muere el 22 de noviembre de 1911. (F. J. Gómez. Logroño Histórico. 1893)

La Rioja se quedaba triste, moría un gran Hijo y un mejor Hombre.
Pero nacía un nuevo reto, el continuar el proyecto que este incansable viajero había comenzado y cuyo éxito había evidenciado allá por 1852 – el boceto de un proyecto escrito con luz propia en las estrellas.

CONTINÚA LA HISTORIA...
Sin descendencia directa, es la Familia Olivares quien recogería de D. Luciano de Murrieta el testigo de esta preciosa carrera, un testigo que en 1983 cedería a D. Vicente Cebrián Sagarriga, Conde de Creixell - un hombre que la propia vida le había premiado, o simplemente otorgado, como merecida recompensa a sus años de lucha y plena dedicación a los demás, con el inefable don de la sensibilidad. Y fue entonces cuando llevó a cabo su propio proyecto: cambiar todo para que todo siguiera igual – una inversión no sólo de muchos millones de pesetas sino de grandes dosis de auténtico esfuerzo y sincera pasión y un fin, situar a Bodegas Marqués de Murrieta entre las mejores bodegas del mundo.

En 1996, y con tan sólo 48 años, el adiós a un Gran Hombre y de nuevo la tristeza. Las estrellas escribían un nuevo renglón en nuestros destinos y en el cielo aparecía una nueva luz - una luz, junto a tantas otras, amigas y cercanas, dispuesta a iluminar cada uno de nuestros días. Y así continuar un sueño, un camino siempre de ilusión y una historia con muchas páginas aún por escribir...






Luciano Murrieta
D. Luciano de Murrieta
 







Castillo de Ygay
 







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Castillo de Ygay
D. Vicente Cebrián Sagarriga
 
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